La Cultura Transfronteriza
Durante las pasadas tres semanas tuve la oportunidad de nuevamente visitar por motivos académicos diversas partes del sur texano. Por lo que se refiere a la investigación histórica, una característica de la academia texana son sus magníficas y muy concurridas bibliotecas universitarias, bibliotecas públicas de los condados y bibliotecas en instituciones privadas. Un texto del siglo XIX americano decía que el buen estadounidense debía pagar impuestos, tener una cuenta de ahorro, involucrarse personalmente en las actividades sociales de su barrio, plantar y cuidar de los árboles, asistir a la escuela y finalmente consultar bibliotecas y contribuir al engrandecimiento de sus fondos informativos. En términos generales los americanos porque quieren o porque se ven obligados cumplen con dichos mandatos. Bibliotecas como la Perry-Castañeda en la Universidad de Texas en Austin o la biblioteca del Condado de Béjar en San Antonio, edificio construido por el arquitecto mexicano Legorreta, son verdaderamente un hervidero de gente, desde posgraduados que buscan el último artículo sobre su materia de especialidad hasta obreros mexicanos que leen textos sobre migración, técnicas agrícolas o amas de casa que se afanan por buscar libros sobre dietoterapia. Mi experiencia en bibliotecas universitarias en EEUU, España, Francia, Inglaterra y en la propia UNAM se caracterizan por ser el corazón de la enseñanza académica, más allá de la información que actualmente se puede obtener vía internet; situación que contrasta desfavorablemente con las bibliotecas de muchas universidades privadas mexicanas que se distinguen por ser un desierto, porque ni los alumnos ni sus maestros están acostumbrados a utilizarlas.